miércoles, 18 de agosto de 2010

LA SALVACIÓN DEL CRISTO I

Las visiones de Joaquín revelaron un secreto guardado durante milenios. En un lugar inhóspito del desierto de Judea el cuerpo de un hombre yacía enterrado en su sepulcro viviente, torturado durante siglos sin consuelo ni alivio. Jonás, pensativo sabía que su discípulo debía confesarle algo, no obstante se quedó en silencio. Maximiliano, el viejo sacerdote de Cataluña y también amigo del joven padre le dice que quiere acompañarlo en la misión, Joaquín le contesta con una negativa, "Es algo arriesgado. Se trata de un lugar muerto, un desierto donde solo se respira muerte. Una fuerza maligna rodea el lugar, hay grandes custodias y no será fácil entrar allí." Maximiliano era un hombre viejo y sabio, por lo tanto sabía que su muerte llegaría más temprano que tarde. Un último deseo forzaba la decisión de su joven amigo, el padre de Cataluña quería ver en carne al Cristo y así sería.
Todo estaba planeado, viajarían a Israel al anochecer. Joaquín que era algo obstinado no quiso molestar a su maestro, sentía que la responsabilidad de liberar al Cristo le competía solo a él, además los 24 seguían el rastro de su legendario maestro. Joaquín estaba confiado de su fuerza y sus nuevas habilidades, de repente no sería imposible que pudiera lograrlo y en su corazón las llamas por liberar al redentor lo calcinaban todo, después de todo nadie sabía por ahora que un rebelde milenario había renacido de sus propias cenizas, un hombre que cambiaría el curso de la historia. Finalmente llegaron a ese lugar vacío y muerto, cruzaron durante horas el desierto, azotado por las tormentas de arena que hacían del paraje un lugar gris y sin forma, luego vieron ante ellos los cañones de arena petrificada y pronto se hallaron en las ruinas de un antiguo fuerte romano. Estando de día extrañas y borrascosas nubes rodearon aquel lugar siniestro, de repente todo estaba tan oscuro como si la noche ya hubiera caído sobre ellos. Maximiliano comenzó a rezar una misa en latín asiendo entre sus dedos un crucifijo de plata. Joaquín seguía las palabras de su amigo y entonces comenzarían a escucharse horridos gritos en la penumbra, se escuchaba el febril trasegar de ejércitos letales, había ruido de destrucción. "Esto es sin duda obra del diablo." "Lo mejor es aferrarnos a nuestras oraciones. No deje de orar padre Maximiliano." Las imágenes fantasmales de pueblos desolados reptaban por todos lados, el viejo sacerdote cerró sus ojos y se aferró más a sus cánticos y oraciones. Al final la oscuridad se había disipado y entre lágrimas Maximiliano le musitó a su compañero, "¡Lo he visto padre Joaquín! ¡Lo he visto! ¡Vi al maestro padecer en la montaña!" "¿Dónde exactamente padre?" Maximiliano señaló hacia un abismo muy profundo, allí lejos de las sombras podía atisbarse un antiguo puente de piedra romano que conducía hacia la montaña más alta. Habían pasado ya varias horas y ambos estaban en el risco donde podía verse un abismo que parecía infinito. "¿Cómo han logrado construir algo así? Deben haber cientos de metros hacia la profundidad." Juntos cruzarían el puente que parecía sólido. Caminaron despacio sobre él, abajo el vacío parecía llamarlos con ecos sordos, el viejo puente romano parecía no terminarse pero finalmente se acercarían al otro lado. Joaquín iba un poco adelante, Maximiliano se rezagaba, algo inesperado truncaría su deseo de conocer al mesías, el puente se había desplomado por un intempestivo temblor y ahora Maximiliano luchaba por aferrarse a una roca. Cuando Joaquín fue en su rescate las rocas bajos sus pies comenzaron a resquebrajarse y a medida que se acercaba se hacían trizas. Maximiliano seguía aferrado a la roca, era admirable ver que un hombre de su edad tuviera fortaleza y valor semejantes. El joven padre le extendió su mano pero Maximiliano no pudo alcanzarla, "¡Siga sin mi padre Joaquín! ¡Deje a este pobre viejo que no ha hecho otra cosa que estorbarle! ¡Lo único que pido ya que no podré conocerle, bese la mano del señor por mí!" Estas palabras lo despedirían cuando sus manos ajadas se soltaron de la roca enviándolo a ese eterno vacío y las lágrimas de Joaquín por la pérdida de su amigo brotarían en un grito desgarrador. La montaña comenzó a resquebrajarse y Joaquín haciendo gala de sus increíbles habilidades logró alcanzar la cima aunque su humano cuerpo quedara malherido. Allí no había más que un paisaje funesto, había vestigios de extrañas batallas, cuerpos de super hombres devorados por los buitres y cuervos,eran los antiguos guerreros que intentaron la misión, el aire sin duda como él lo había dicho era de muerte, al final pudo atisbar una silueta, era una antigua cruz romana y de ella pendía un cuerpo macilento y desgastado, los buitres se alimentaban de sus entrañas, era sin duda la humanidad del ungido y justamente cuando el padre Joaquín fue a su encuentro una bruma comenzó a disiparse en torno a él, luego escucharía pasos, como de un gigante.