domingo, 5 de septiembre de 2010

LA HISTORIA DE JONÁS I

Contrario a lo que había dicho Gabriel, Joaquín Torres no era buscado. La muerte de los clérigos en el tribunal del Vaticano fue atribuida a un accidente lamentable y por supuesto, nadie sospecharía que él había causado esas terribles muertes. No obstante Joaquín viaja a París entre dos sombras, el peso de la culpa y el misterio que ronda en torno a su verdadero ser. El joven padre se siente atrapado en un mundo extraño y sin salida. Hórridas imágenes asaltan sus pensamientos a cada instante, unas veces se ve recogiendo los cuerpos destrozados de los habitantes de Kibungo, otras, los mares de sangre que se desataron en el Vaticano, pero la imagen de Cristo siempre aparece en sus recuerdos. Lo puede ver sufriendo, puede sentir su terrible agonía y ver como los cuervos le destrozan las entrañas, semejantes visiones le han arrebatado la tranquilidad pero las cosas estaban por ponerse más difíciles. Samuel el anciano vagabundo que ronda por las calles del Montmartre apareció frente a él haciéndole señas de que lo estaban vigilando. Joaquín no le puso atención y en las noticias resaltaban hechos tan importantes como el atentado en la iglesia de Saint Patrick en donde había sido asesinado el presidente de los Estados Unidos y el derrumbamiento de un edificio en el vaticano donde perecieron 30 cardenales. Al final Joaquín salió del café y cuando lo hizo el anciano ya no estaba. También omitiría su advertencia, sin duda un gran equivoco porque afuera lo esperaban unos sacerdotes de túnicas y sobreros flocados que parecían seminaristas. El mayor de ellos le diría al sacerdote que viniera con ellos. "Somos de la Prelatura de la Santa Cruz padre Joaquín Torres y venimos a arrestarlo." "Ustedes deben estar confundidos, no soy quien ustedes buscan." "Usted nos subestima padre, nosotros lo sabemos todo, somos los ojos de Dios y hemos venido para que nos conteste unas preguntas." El más fuerte de los cinco tomó a Joaquín por el cuello infringiendo un dolor insoportable. "Contéstenos padre Torres si quiere conservar la vida,¿Donde se esconde su maestro?" "¡No... sé de que me hablan! ¡ Déjenme en paz!" "Lo haremos cuando sepamos si es usted el hombre que el santo padre busca." En ese instante las manos de Joaquín comenzaron a sangrar y nuevamente esas oscuras raíces brotarían con violencia de ellas sin que los sacerdotes pudieran contenerlas. Dos de ellos caería despedazados por sus espinas que cortaban como el metal más agudo pero él más fuerte cuyos ojos comenzaron a oscurecerse logro someter a Joaquín llevándolo a una segura muerte. En ese momento algo más extraño comenzó a suceder, una densa y oscura niebla comenzó a aparecer en torno a ellos, los que estaban heridos de muerte se levantaron como si nada les hubiera sucedido. "¡Esa oscuridad!" "¿Cómo es posible? él debería estar ya muerto." Uno a uno caían ante una garra demoníaca, un gigantesco ser en carne apareció frente a ellos abatiéndolos con su descomunal fuerza, su piel era oscura como las tinieblas,en su rostro brillaban un par de ojos como de cristal y en su cabeza parecía tener tres cuernos brillantes como un metal pulido que le habían sido arrancados. El cuerpo del sacerdote más fuerte quien finalmente había logrado someter a Joaquín se destrozó por completo dando origen a una bestia de similares características aunque esta conservara sus cuernos dorados, de inmediato comenzó a luchar en contra de ese otro demonio con una espada que hizo brotar de sus manos. El otro ser lo evadió durante algunos segundos, parecía que perdería la contienda pero este hizo que su brazo arrojara una especie de disco afilado, viajando a una increíble velocidad pero el otro demonio logro desviarlo y antes de que se lanzara para asestar el golpe final a su enemigo, el demonio de los cuernos amputados le había atravesado la entrañas con su garra donde brotaría una luz muy brillante, "la luz que genera sombras" y al final este monstruo sería consumido por ella hasta extinguirse. Finalmente aquel recogió a Joaquín del suelo y lo llevó a un lugar más seguro. Cuando hubo recuperado el conocimiento vio que sus manos habían sido vendadas, no sabía donde estaba, parecía como un castillo abandonado o que estaba enterrado bajo la ciudad, solo pudo ver la enorme silueta de quien lo había salvado, aquel extraño ser por fin hablaría. "No tema padre Joaquín, es obvio que jamás había visto a un ser tan espantoso pero lo cierto es que toda su vida a luchado contra ellos, sin darse cuenta." Su voz era como la de un trueno pero el sacerdote podía notar algo afable en su tono como si ya la hubiera escuchado, no obstante aún le era difícil expresarse. "Veo al igual que usted que soy una criatura infernal, un alma poseída por el mismísimo lucifer." "Nada más lejos de la realidad joven Joaquín. Un demonio contrario a lo que todos creen solo es una criatura que demanda justicia en la tierra. Mi nombre es Jonás de tarsis y es todo un honor para mí conocerle en persona." Desde luego el joven sacerdote pudo ver que aquel demonio era confiar.