Joaquín tuvo que comparecer frente al tribunal eclesiástico del Vaticano. Allá frente a una docena de cardenales, los más importantes en jerarquía, sería interrogado acerca de sus radicales ideas sobre la fe. El mismo papa precede el juicio y de hallar alguna ambigüedad podría excomulgar al joven sacerdote, aunque no necesariamente esperan eso pues hasta sus oídos llegaron los rumores de que Joaquín era estigmatizado y por eso era importante ver que tan cierto era eso, por algo de que las manifestaciones divinas le revelarían un mensaje importante. Según una de las centurias papales, el fin del reinado de la iglesia terminaría cuando se sacrificara la vida de un estigmatizado. Pese que aún no se recupera de los atroces hechos de Kibungo en los que los miembros de su comunidad fueron masacrados sin piedad alguna, Joaquín está dispuesto a enfrentar los juicios e incluso a denunciar si es necesario a monseñor Torquemada de concupiscencia y entonces bajo esa tensa atmósfera comenzarían las preguntas. “La razón porque el padre Torres ha sido convocado a esta sesión es para discutir acerca de sus radicales conceptos. Sus ideas descabelladas, ajenas a todo concepto cristiano, él habla de interponer la duda por encima de la fe. Padre Joaquín ¿De verdad cree usted que el hombre necesita más la razón que la fe para llegar a nuestro Dios padre?” Comenzaría uno de los cardenales que era italiano. En la gran sala se escucharían las murmuraciones de los prelados que se sintieron indignados por esas ideas. “Lo único que he inculcado a mi comunidad es la importancia de tener una fe basada en la razón, en ningún momento he dicho que la fe debe estar por debajo de la duda misma, no obstante considero importante someternos a “duda razonable” para evitar caer en falsas creencias, para eludir erróneos mensajes y dudosos predicadores.” Las murmuraciones se hacían más fuerte. “Le recuerdo que no somos juristas, somos servidores de Dios y para nosotros no deben existir más que las leyes divinas.” “Eso lo entiendo perfectamente monseñor.” el cardenal Pedro Torquemada estaba en su silla aguardando las preguntas, su intención era atacar al joven sacerdote cuando fuera abatido por el juicio, sus deseo, someterlo para evitar que hablara del escandaloso acto que fue testigo, una vez que fuera excomulgado, Torquemada podría estar libre de acusaciones.
Joaquín estaba conmocionado, desde una de las sillas observaba su amigo el padre Maximiliano “No va lograrlo, está muy débil por la pérdida de sus amigos y los estigmas que sufrió hace poco” En el momento indicado Torquemada prorrumpiría en Acusaciones. “No se confundan. Ustedes no hacen más que divagar. A mi juicio los conceptos del padre Joaquín no hablan de plantear dudas acerca del mal sino de la misma iglesia. Sus ideas son un claro ataque a toda la comunidad eclesiástica incluido su santidad. Para él, el arduo trabajo de nosotros quienes a diario damos nuestras vidas por la comunidad cristiana no encierra ningún valor y solo quiere hacerle creer a su comunidad que el hombre no necesita a los legítimos representantes de la iglesia de Dios aquí en esta tierra de pecadores.” “No es verdad.” Contestaría Joaquín sintiéndose algo indispuesto. En la sala comenzaban a escucharse las protestas de los cardenales. “¿Está usted tratando de decir que Monseñor Torquemada es un mentiroso?” diría uno de ellos. “Nada de eso. Solo trato de defender mis ideales de una iglesia comprometida con el mensaje de nuestro señor Jesucristo. En ningún momento he desconocido la labor de nuestros mártires. Lo único que hago es denunciar la corrupción que ha llegado hasta la iglesia y de prevenir a la comunidad acerca de sus influencias.” “Ahora osa llamarnos corruptos, ¿acaso no es aquel que tergiversa el mensaje de nuestro Dios? ¿Aquel que solo quiere generar disputas y herir nuestra comunidad?” En ese momento ante la mirada atónita de los cardenales, los estigmas se manifestaron y antes de que respondiera Joaquín se lanzó al suelo gritando de dolor. Vendrían también esas visiones en las que veía a Jesús crucificado mientras un cuervo le devoraba las entrañas. Su cadáver estaba agusanado y su rostro solo demostraba sufrimiento, al frente estaría ese misterioso hombre vestido como un AbBethDin o tribuno del sanedrín, esbozando su sonrisa como muerte. “¡Es inaudito! ¡De verdad son las heridas del santo padre!” “Hombres del tribunal, hasta el diablo tiene el poder de hacer esas cosas.” Diría Torquemada. La frente del sacerdote sangraba, también sus manos pero algo inesperado mostraría cual era su causa. De sus palmas sanguinolentas brotarían las oscuras raíces de su esencia, cubiertas por grandes espinas que se abalanzarían sobre los cardenales. Ellos comenzarían a gritar mientras sus cuerpo caían uno a uno despedazados por esa terribles ramas. En pánico trataban de dejar el recinto pero solo había caos y poco a poco el lugar se bañaría de sangre. Algunos lograrían salir, sobre todo su santidad que ya no se le veía en el trono. Pronto los soldados del vaticano, no precisamente la guardia suiza, entrarían para intentar controlar a Joaquín pero en ese instante el misterioso rubio apareció para sacarlo de allí y sería el único capaz de controlar su furia. Ciertamente estaban acorralados y la única salida era atravesar las paredes, el rubio que era muy fuerte logró romper una de ellas y al final lograría escapar. Cuando Joaquín recuperó la conciencia, vio que en sus manos solo estaban las cicatrices cubiertas de sangre. “¿Qué me ha ocurrido? Me duele la cabeza. No logro recordar nada.” “No tenga miedo Padre, ahora está a salvo de su propia iglesia.” Cuando Joaquín observó a ese joven hombre su rostro se le hizo muy familiar, podía ser una especie de ángel, al final él misterioso se presentaría. “Soy admirador de su obra padre, mi nombre es Gabriel Brun y solo quiero ser su amigo.” “Ahora que lo recuerdo…¡Oh por Dios! Esos sacerdotes, fui yo quien causó su muerte.” “Se lo buscaron padre, unos de ellos que usted muy bien conoce fue quién causo su manifestación.” “¡Debo estar poseído por el diablo!, vi como brotaba de mis manos algo oscuro y maligno, eso fue lo que causó la masacre pero ¿Por qué?” “Obviamente no es cualquier persona padre, es usted poseedor de un gran poder, su manifestación es solo una porción de su ira que muy pronto se desencadenará con el fin de traer la justicia a esta tierra de miserables.” “¡Yo no quiero esto!. ¿Acaso usted puede decirme quién o qué demonios soy?.” Gabriel le respondería con una sonrisa “Me recuerda usted al italiano Giordano Bruno. No debe desesperar. No puedo darle mucha información, lo único que puedo decir es que fue víctima de los oscuros brazos del vaticano.” “Sé de antemano que la iglesia ha extraviado durante siglos pero no veo cómo ni por qué quieran atacar a un humilde servidor de Cristo.” “Ellos no aceptan a los sediciosos y usted es uno de ellos. Le diré que han hecho lo imposible por eliminarlos con su juego sucio.” “¿Quién exactamente está detrás de mí?” “Torquemada de Aragón, ese hombre fue quien ordenó asesinar a todos los miembros de su comunidad en ruanda, todo por provocar su rebelión padre Joaquín.” Joaquín no podía creerlo, pensó entonces que estaba hablando con un demente. “eso es ridículo, como un miembro de la iglesia pudo ejecutar un plan tan siniestro. No quiero hablar más de estas barbaridades, no sé si esta es la realidad o simplemente estoy viviendo una pesadilla. Lo mejor será que me largue de aquí para ver si puedo ver con claridad.” “Debe cuidarse de ellos padre. Ahora todos estarán tras su cabeza. Debería desconfiar de sus viejos amigos, no de igual manera de los nuevos, considereme un amigo.” Dicho esto Joaquín se alejó de aquel extraño lugar para volver a su natal España mientras que las autoridades italianas se lanzarían esa misma noche en su búsqueda.