Sucede en el vaticano. El cardenal Pedro Torquemada conversa con el papa en su despacho a varios metros de profundidad de la basílica de San Pedro donde las palabras jamás salen de allí. En el rostro del pontífice se ve algo de preocupación por las noticias que acaba de recibir. "¿Eso es posible? ¿Cómo es que ha sucedido?" "Así es su santidad. El cuerpo del juez que custodiaba al ungido se encontró despedazado en el desierto, allí también estaba Jonás cuya flama casi se extinguía, pero el rastro del liberador desaparecería en el desierto." Lo que el mismo papa temería, el liberador del prisionero secular había sido uno de ellos. "¿Y que ha sucedido con el joven cainita?" "Lamento informarle esto su santidad, pero desde hace días perdimos su huella. Se supo que había vuelto a kigali y también de su posible entrevista con uno de los sobrevivientes de la masacre de los africanos." Torquemada vio que en los ojos del pontificia se inyectaba esa sustancia oscura, sin duda estaba molesto con él y para compensarlo sabía que cuanto antes debía encontrar al joven sacerdote.
"Será lo mejor y mientras se haga en el menor tiempo posible."
"No Alexei, no es conveniente. Te diremos cuando será el momento."
"¿Qué hay en tus pensamientos grand maestre?"
"Podemos usar a tu hija como un señuelo."
Alexei Sovietsky estaba algo desconcertado.
"Lo mejor será arrojarla a las llamas. El Lyput ha podrido su alma. Ella solo es un ser entre las sombras, es ahora el barón quién puede dominarla."
"¿Aún no averiguaste de dónde halló Wolfklauebergh aquel parásito?"
"Desde luego, aunque debo admitir que existe cierta incertidumbre."
"Podemos usar a Electra para que el barón venga hasta nosotros."
"Siento contradecirlo grand maestre pero no podemos arriesgarnos. Recuerde lo que sucedió en Israel con el traidor."
"¿Qué sucede Yehoshúa? ¿Aún crees que Wolfklauebergh será el último de los amotinados? No subestimes tu propio poder Yehoshúa, en la historia no ha existido una rebelión que no haya sido contenida por nuestra armada."
"¿Cree que el barón fue quién liberó al Cristo de las montañas?"
"No es probable. Precisamente debemos traer al lobo hasta nosotros para averiguarlo."
El rostro de Alexei es marcado de incógnitas.
"¿Crees que logramos debilitar al Cristo de las montañas lo suficiente para evitar una nueva revuelta?"
"Dos mil años atado a una cruz padeciendo día y noche del más terrible castigo. Obviamente su espíritu debió calcinarse lo suficiente. De no ser así la tierra volverá a bañarse en sangre."
Alexei Wolfklauebergh habla con Karina en un recóndito lugar de las montañas germánicas. De Omega Crimson solo quedarán ellos. Hasta ese lúgubre castillo ha llegado la noticia de que su antiguo maestro fue atrapado nuevamente por los jueces aunque ignoraba el por qué. Alexei sentía que era su deber rescatarlo. Estaba adentro el honor de su causa, la virtud de una lucha incansable llevada durante siglos, ahora carecía de aliados poderosos tras enterarse que Carnot fue asesinado por uno de los suyos. Podía sentir su espíritu, torturado día y noche, el dolor que irónicamente lo alimentaba pero ese sin duda era el halo de su maestro. Solo debía seguir el rastro y entonces lo salvaría de las garras de sus enemigos como lo había hecho anteriormente. Karina trató de disuadir al barón para que fueran directamente por la espada de Habacuc ya que el lyput dentro del cuerpo de electra los llevaría hasta allí pero Wolfklauebergh sabía que al rescatar a Jonás tendría a un aliado poderoso de su lado y entonces juntos irían de nuevo a Jerusalén, porque era allí donde había sido apresado por miembros de la armada Elohim.
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