martes, 21 de septiembre de 2010

UNA TIERRA DE ASESINOS

En los cuarteles de la NeuroPharm Kurt Eichman resalta a Ornella Malatesta la importancia de hallar al investigador norteamericano que alguna vez trabajó para ellos Thomas Manson, sobre todo después de perder a su prometedor conejillo de indias. Ornella recuerda su antigua relación con el doctor también cuando ofreció su alma para hallar la preciada energía oscura.
No muy lejos de allí en los pirineos una chica escucha en la habitación continua de la cabaña una murmuración: "Escucha, mi nombre es Svletana y sé que tu también eres prisionera de ese asesino. Escucha, no quiero morir a manos de ese demente y es preciso que hagamos algo." Al otro lado de la habitación una joven le responde: "¿Estás loca? ni siquiera sé donde estamos, solo que soy prisionera de un maniático y que estoy atrapada en este lugar oscuro y nauseabundo, esperando que la muerte venga en cualquier momento." "Por eso debemos luchar, para liberarnos y por eso tengo un plan para huir." "¡Eso es absurdo!, ese hombre es muy fuerte, !juntas no podemos derrotarlo!" "Confía en mí, lo único que debes hacer es gritar que algo me ha pasado y entonces cuando abra la puerta me arrojaré sobre él y trataré de clavarle esta astilla en el cuello que logré arrancar de la madera, pero no debes dejar de gritar pues eso servirá para desorientarlo." La otra chica accedió pues no tenían mejor plan pero en ese instante lo último que escucharía la joven Svletana sería el motor de una sierra, acercándose a la cabaña cada vez más. "¿Cómo se ha podido enterar? ¿Acaso tiene el poder de leer el pensamiento?" en ese instante la joven del otro lado de la habitación escuchó los gritos de Svletana mientras aquel asesino la descuartizaba sin piedad con esa sierra.
Él puede sumergirse y salir de las sombras como si fueran un líquido etéreo, sus ojos son incandescentes y su piel es más oscura que las mismas tinieblas. Ahora se encuentra acechando a su víctima en medio de la noche, pronto se desatará una tormenta que ahogará los gritos de la muerte y sus víctimas predilectas son las mujeres, porque sufren más a la hora de ser torturadas. El asesino está ahora frente a esa pálida durmiente y el ruido intempestivo de un relámpago la ha despertado para ver a su agresor. Él está de pie frente a ella pero solo puede ver su silueta, como una descomunal bestia. Aquella mujer intenta gritar pero el asesino ya está sobre ella y con una sola mano ha logrado ahorcarla. Él no puede más que sentir placer, como si aquella emanación de tormento fuera su ambrosía, de esta manera bebía su dolor, su sangre como si fueran su alimento y este asesino escurridizo jamás dejaría evidencias de sus actos, por eso la policía de París jamás lograría hallarlo.

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