viernes, 23 de julio de 2010

DOS ENEMIGOS

Gabriel Brun va caminando por los suburbios de París contemplando las calles que son bañadas por su luz dorada y el silente río Sena que serpentea oscuro y brillante. Sus ojos atisban hacia el cielo las otras luces y de pronto el viento trae gritos a sus sienes. En las orillas del fétido río dos rufianes intentan abusar de una joven, bañados por las sombras de la noche y de sus almas. La han golpeado casi hasta ahogar sus gritos, ahora le rompen el vestido entregándose al lúbrico instinto. Sin que ellos se dieran cuenta el hombre rubio está frente a ellos. Uno comienza a gritarle que se aleje pero Gabriel ni se inmuta. Está frente a terribles asesinos pero solo en su corazón sabe que es más fuerte. El desagradable hombre saca un revólver para intimidarlo pero Gabriel no está más allí. El otro le grita mientras intenta doblegar a la joven, su compañero regresa intrigado. "¡Mata a esa perra y larguémonos de este lugar! ¡Algo maligno se respira aquí!" antes de que lo cuestionara, el hombre que sujetaba a la mujer recibió un golpe que destrozaría sus entrañas haciendo que esputara torrentes de sangre. La joven se acostó en el suelo y el otro rufián comenzó a descargar su revólver algo desorientado. Las balas viajaron en la oscuridad hacia la nada. Ella vio que Gabriel emergió de una sombra y el miedo se entremezcló de forma extraña. A continuación vio como el rubio alzó al hombre del cuello y estas serían sus palabras: "¿Es correcto alimentarse del dolor y el sufrimiento? ¿El hallar el placer en la sangre de otros? Una criatura de las tinieblas, "Kingu" que llora en el seno de la noche. El dolor no hace más que revertirse, porque es el placer el más grande de los dolores humanos." De un golpe le sacaría las entrañas. La mujer a la que Gabriel acababa de salvarle la vida solo lo vio alejarse,le habría sonreído mientras ella lloraba en extrañeza.

"¿De veras crees que el barón vendrá hasta acá?"
"Lo hará, de eso no hay duda pues se atrevió a viajar a Israel. No vendrá solo."
"Junto a su maestro será difícil vencerlo Alexei. ¿qué tienes en mente?"
"El "traidor" y su poder ya no son nada para mí Gedeón. Yo me encargué de inhabilitarlo."
De las sombras emergería la figura de un viejo hombre en cuya mano derecha tenía una cicatriz. Al frente de él estaba Alexei Sovietsky, contemplando la majestuosa espada de Habacuc en un lugar donde jamás podía ser rastreada, la misma que algunos llegaron a llamar "El tesoro Inefable" El santo Grial.
"¿Y qué han logrado averiguar acerca del "Ungido" y su liberador."
"Nada en absoluto. No obstante Yavé ha arribado. Sus ejércitos controlaran a los posibles insurgentes. Sin duda los hallará más temprano que tarde."
"Sí que nos equivocamos al pensar que "Garra de Lobo" sería quien traería de nuevo la revuelta. ¿Cómo es posible que nuestros aliados en la iglesia no pudieran atrapar al verdadero hijo "Igigi"? ¡Lo tuvieron en sus narices todo el tiempo!"
"Hemos llegado a saber que ciertamente, Wolfklauebergh no pudo destruir a los doce. Se habla de una posible traición dentro de los nuestros."
"¿Alguien que se atreve a deshonrar a nuestra gran causa? De ser cierto eso lo habríamos sabido desde tiempo atrás."
"Sabes que siempre desconfié de "Los Arquitectos". No me extrañaría que fuese uno de ellos."
"Siempre fuiste un ser obstinado Yehoshúa. ¿Por qué insistes en crear guerras entre nosotros? ¿Por qué no sigues los lineamientos de la causa?"
"Sabes que nuestra causa es más importante que nada, pero esta es una guerra que no estoy dispuesto a perder."

Un hombre que se refugia en la naturaleza contempla expectante el panorama, un bosque y en este las viejas ruinas de un templo Galo. Mira el horizonte en donde el sol comienza a salir de a poco. Sabe que es poseedor de habilidades extraordinarias. Antes de partir hacia París donde espera hallar su destino. Frente a él se yergue un gran arce y la fuerza lo ha llevado a su copa. Ahora ve la inmensidad de los bosques rodeados por los Apeninos. Tal como el maestro le había enseñado a aligerar su cuerpo comenzó a saltar entre los árboles a gran velocidad, luego corrió por un sendero y se posó sobre los muros del templo manteniendo la marcha, también pudo hacerlo sobre la base de las terrazas, sin caer al suelo. También corrió por las praderas, caminó sobre las aguas del Rin y subió las montañas más altas sin descansar. Era parte de su ejercicio y su práctica. Al ser todavía joven se fascinaba por cosas como estas, sin duda aquel al que llamaban el "prisionero de lo tiempos" le había dado parte de su fuerza,ahora va a su encuentro. Al cabo de unas horas llegó a los sórdidos suburbios de París atraído por el poder milenario y allí justo donde su rastro desaparecía estaba él, bajo la forma de un simple vagabundo de abundante barba, lentes oscuros y un extraño sombrero. su nombre era Samuel y ya se habían visto mucho antes. "Eres tú, mi hijo amado Joaquín Torres, he esperado durante mucho tiempo este momento."

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