domingo, 25 de julio de 2010

LA MUERTE DEL PRIMER GRAN PRÍNCIPE

Kurt Eichmann observa la lejanía en silencio. Todo está muy quieto, más por tantos años que lleva en la tierra y piensa que incluso cuando se llega a gozar tanto del poder, la vida puede resultar hastiante. En sus manos tiene un libro de Baudelaire y mientras el sol muere sobre las montañas lee en voz alta El Esplín, su mente se inundará de vagos pensamientos calcinados por esa tarde crepuscular. Había una bebida que desde mucho tiempo atrás los "semi-dioses" solían beber, la llamaban "Soma" y era una sustancia para borrar el tiempo de los "inmortales". Kurt la había dejado años atrás y por eso recordaría cuando fue comandante del pueblo Habiru, sin duda tiempos mejores para él. Ahora solo se relegaba a ejercer dominio sobre ciertas facciones en el mundo, a llevar una guerra que de lejos consideraba cobarde. Durante años su corporación se dedicó a crear enfermedades y devastación bajo la fachada de una empresa destinada a beneficiar a la humanidad. Pero eso no era lo que más inquietaba su alma, estaba cansado de ser el sirviente de los grandes reyes y por eso había tomado en los últimos años decisiones tan cuestionables. En el halo oscuro del sol moribundo veía su propio destino. Sin duda estaba entre la espada y la pared pues revelar o no la identidad de su misterioso aliado le significará la muerte. Ahora está sentado frente a su escritorio dispuesto a no olvidar. En el fondo sabe que la lucha de Wolfstone es inútil, pero nadie podrá vencer a su verdadero mecenas, no obstante, bien sabe cómo él desprecia a los de su estirpe. ¿De qué manera fiarse de su lucha? De plano no ignoraba que solo era usado para sus fines, sin importar de que bando estuviera, después de todo en su época de comandante, él los utilizó para ganar sus infames batallas. Los Habiru solo eran salvajes sedientos de sangre y maldad, sus enemigos construían civilizaciones. Mientras recordaba cada pasaje de su existencia alguien se escurrió entre las sombras del despacho con mucho sigilo, antes de que pudiera percatarse sentiría el agudo filo de una daga atravesar el centro de su cerebro. En la solitaria sala solo se escucharía un grito ahogado. "¡Ornella! ¿Cómo le osas levantar la mano a tu benefactor?" Antes de que ella contestara clavó otra de las dagas en su corazón y Kurt observó con asombro con que material las habían forjado. De su boca ahora salía esa sangre tan oscura como la misma noche. "¡Has sido tu quién me ha traicionado! ¡Durante todos estos años hice parte de tu sucio juego pero ahora Kenishiro me lo ha dicho todo!...¡Mataste al único ser que podía amar en esta tierra de miserables! ¡Recibir tu ayuda significó perder mi existencia! ¡Ahora muere como el ser repugnante que eres!" Antes de que la luz de Kurt o Saúl de Galaad se extinguiera sintió la necesidad de confirmar su mayor temor, una simple mujer humana lo había vencido sin dar la lucha ¿Cómo fue posible?
"¿Kenishiro? Ahora sé que él también ha muerto no obstante quiero que le digas a este pobre y cansado viejo ¿Cómo has conseguido estas armas? ¿Ha sido él verdad? ¡El hijo de dios! ¡Aquel que ha de ser nuestra perdición!" "¡No veo por qué responderte! ¡Después de todo morirás sabiendo que arruinaste nuestras vidas!" Ornella se levantó para acercarse a la ventana y suspirar, recordando así a Thomas. "¡Pero verás que solo los humanos podemos ser compasivos incluso frente a nuestros peores enemigos!...La respuesta es sí. Ha sido él quien me reveló el secreto para poder tomar tu vida."
Solo la luna pudo resplandecer junto a esta victoria. Kurt Eichmann, uno de los hombres más poderosos de la tierra había muerto bajo su propia traición y las lágrimas de Ornella Malatesta fueron capaces de bañar el dolor de estas muertes.

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